Escrito por Marvin Aguilar, culturólogo
El término identidad nacional debemos entenderlo como: el sistema de valores, concepciones y normas sociales que orientan la vida cotidiana de una población.
En El Salvador, muy a pesar de algunos sectores ideologizados en la derecha religiosa y anti-comunista hay una diversidad de identidades colectivas y por lógica variadas formas de sistemas culturales.
Revisemos entonces el hábitus nacional:
El salvadoreño es práctico; es decir busca resolver sus necesidades inmediatas así como las de su familia y mantener a toda costa su estatus socio-económico. De esta característica nacional surge la discriminación generalizada hacia lo pobre.
El salvadoreño posee una cultura de la supervivencia; algo propio de los sectores bajos del país y de esta subordinación económico-social que desarrolla en el individuo nacional una visión fatalista de la vida. No existen deseos de superación. Tomar la vida tal y como la han recibido. Ganar lo indispensable. Lograr cierto nivel mínimo de vida que mejorar las condiciones materiales. El fenómeno de la migración marcaría una variante dentro de los sectores bajos, que ven en ella una salida para no continuar en la condición de pobreza y por eso deciden emigrar preferentemente a países del primer mundo.
El salvadoreño es sacrificado; esto es una derivación de la cultura de supervivencia descrita anteriormente. Este es uno de los rasgos que ayuda a definir al salvadoreño como conservador, esto es así porque precisamente de esto se desprende la idea nacional de aceptación de las duras condiciones de vida, por lo que esto predispondría a los sujetos sociales a tolerar o soportar las circunstancias de su materialidad más que a superarlas. Todo esto para mantener la unidad familiar y la de la sociedad. Expresiones populares como: “donde comen dos comen tres” o “tener los hijos que Dios mande”, ejemplificarán mejor la idea que pretendemos plantear.
Ser práctico, supervivir y ser sacrificado son expresiones cotidianas de sectores bajos y medios, que además poseerían poca educación, entendida como aquella que lo llevaría a tener sentido crítico, lo que los llevaría a ser conservadores. Esta clase de salvadoreño –que es la mayoría- no pone como centro de vida el éxito laboral o la superación material de vida. Los sectores comprendidos en este análisis les interesa más capitalizar relaciones sociales con parientes, amigos y la comunidad; esto como una forma de defensa ante el medio social y los avatares de la naturaleza.
El éxito y el salvadoreño. Esta es la forma en que se manifiesta la cultura de la supervivencia en los sectores medio-alto y alto del país. El exitismo (éxito material ante todo), que los lleva al consumismo irracional y a la mercantilización de las relaciones personales. Un ejemplo ilustrador sería la cantidad de jóvenes inexpertos en el gabinete del Presidente Antonio Saca, esto visto como la constante búsqueda de un éxito rápido que conlleva prestigio, estatus y riqueza, algo prioritario dentro de los sectores medios-alto.
El salvadoreño es trabajador; según el IUDOP para el 95.1 % de los salvadoreños el trabajo es importante en su vida. Pero esta concepción tiene dos significados según se analice. El primero: para los sectores bajos ser trabajador es ser un “hacelotodo”, estar dispuesto a realizar cualquier cosa-empleo con tal de sobrevivir y/o garantizar su sostenimiento y de su grupo familiar. Para los sectores medio-alto esta idea del ser trabajador está asociada con la cultura del éxito –antes explicada- y con la superación laboral y material: Ser emprendedor.
En El Salvador hay dos identidades en lucha constante: una legitimadora que es introducida por el stablishment, que en los últimos años ha instalado un nacional confesionalismo. La otra de resistencia, que es la generan los actores que han sido devaluados y estigmatizados por las instituciones dominantes: maras, gays, defensores de derechos, por mencionar algunos.
El autoritarismo y el salvadoreño; la sociedad salvadoreña es jerarquizada, ya sea por el color de piel o por la posición social. Estos factores vuelven difícil la movilidad social ascendente. Se observa desde la supremacía de lo masculino sobre lo femenino (el muchacho en la adolescencia debe visitar casas de latrocino para no convertirse en homosexual, más no así las jovencitas que deben cuidar la virtud hasta el matrimonio). En el trabajo, donde en la toma de decisiones no se potencia a los subalternos a participar (el jefe aunque se equivoca siempre será el jefe). En el sistema político nacional los gobernantes no toman en cuenta las expectativas de los gobernados (los famosos “madrugones” legislativos, donde se aprueban leyes importantes).
El salvadoreño violento; este trazo de la identidad nacional es consecuencia directa del autoritarismo señalado anteriormente. Esto de la violencia es el método por excelencia para el control del ciudadano y es a la vez la forma que en El Salvador se utiliza para transmitir valores. En la familia la violencia sirve, para educar a los hijos e hijas en las maneras correctas de actuar, pensar y sentir. En las escuelas se hace uso de la violencia como mecanismo de educación con anuencia de autoridades educativas, padres y educadores.
Otro elemento que conforma la identidad del salvadoreño es: la solidaridad; esta comienza en la familia, que en El Salvador es ampliada, familia aquí no debe entenderse como el núcleo tradicional de papá, mamá, hijos. Cuando alguien contrae matrimonio en el país contrae matrimonio con la familia del cónyuge. Luego están los amigos. Existen dos tipos de solidaridad entendida entre los salvadoreños. La del interior del país, que posee una más intensa y la de las grandes ciudades. Es este uno de los rasgos más positivos de la salvadoreñidad, y que potenciado podría ser base para desarrollar una cultura de cooperación y ayuda mutua, esto como nuevos elementos de la identidad nacional salvadoreña.
La religiosidad salvadoreña; el 86.9 % (IUDOP-UCA) de los salvadoreños se declara religioso. Aquí la iglesia católica jugó y juega un papel importante –heredado desde la colonia- como generadora y creadora de gran parte de los símbolos de las identidades colectivas de los salvadoreños y eso la hace una fuerza social de primer orden. El Salvador posee tres periodos importantes de receso laboral, el nacimiento de Jesucristo; la muerte de Jesús y la fiesta del Divino Salvador del Mundo. Todas efemérides católicas. Mas sin embargo desde 1970 han comenzado a desarrollarse y ganar terreno las iglesias protestantes, evangélicas y pentecostales, esto representaría una significativa variación de la cosmogonía religiosa de los salvadoreños.
El salvadoreño imitador; sí. Nuestros compatriotas tienden a imitar lo que se hace y como se hace en otros países, principalmente se influencia de USA y México. El problema radicaría en que esta cultura mimética es más fuerte que la originalidad, tan necesaria para poder avanzar como nación. Esta identidad imitativa se percibe –entre los salvadoreños- como un rasgo negativo, que debiera ser superado. De allí la necesidad de un sistema educativo cultural que potencie la creatividad de los habitantes.
Finalmente podemos decir: todas las identidades son construidas, es falso que no se pueda cambiar esta identidad a todas luces más negativa que positiva del salvadoreño. Así lo pienso. Pero desde la sociología las identidades son construidas; lo esencial es ¿Cómo?; ¿Por quién?; ¿Para qué?
En El Salvador hay dos identidades en lucha constante: una legitimadora que es introducida por el stablishment, que en los últimos años ha instalado un nacional confesionalismo. La otra de resistencia, que es la generan los actores que han sido devaluados y estigmatizados por las instituciones dominantes: maras, gays, defensores de derechos, por mencionar algunos.
No hemos sido capaces de plantearnos una identidad- proyecto, que es la que basándose en los materiales culturales que se poseen inicien la construcción de una nueva identidad que no sólo redefiniría al salvadoreño sino que transformará a la sociedad con ello.
Debemos pues renunciar a la perversidad de buscar la identidad que mejor se acople a un momento histórico y político determinado.
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