Saca histórico (I)

Escrito por Juan Carlos Aparicio

La primera vez que vi a Antonio me encontraba escabulléndome de la provincia migueleña pasadas las fiestas del Año Nuevo más frigoríficas que nunca haya tenido jamás el país. Estaba iniciando 1984 y los vientos helados eran tan intensos que me obligaron pocos días antes a utilizar en San Miguel -por única vez en la vida- un abrigo fabricado con tela de jeans, que obviamente no había adquirido en la ciudad natal, sino en una tienda de ropa en el pequeño pueblo de Ardmore, Oklahoma, luego de habernos familiarmente retirado por un tiempo del conflicto armado surgido en el país.

Estaba allí luego de haber tomado la resolución de viajar a la capital para estudiar en el Liceo Salvadoreño, solo que hasta ese punto aún me encontraba de vacaciones en casa de la Tía Olaya de un amigo, que junto a su primo y hermano y otros chicos vecinos del reparto Las Flores, ubicado en la zona norte y limítrofe de la ciudad y vecino de la Montebello, famosa por sus deslaves y destrucción anteriores a Las Colinas y de la incipiente Miralvalle, en esa época apenas de unas pocas casas por la calle a Motocross, justo a unas cuantas decenas de metros del lugar donde fuera asesinado Edgar Chacón, ideólogo conservador de Arena (tiempo después) y donde se levanta ahora el Monumento a la Constitución y para más señales, detrás de un Supermercado que existe en la actualidad. En fin, era el año inmortalizado por el famoso libro de George Orwell y del primer año de vigencia de nuestra actual Constitución.

Decía pues, que me encontraba en casa de la Tía Olaya de un amigo, con un frío enorme que hacía salir una especie de vapor por la boca cuando se hablaba, cuando esa noche en que estábamos reunidos los chicos sobre la calle frente a las casas, apareció Antonio contando que había venido varios años atrás desde Usulután y vivía en la casa de otra tía vecina. Siendo mayor en edad que todos no se impedía para salir a hacer migas con los chicos, especialmente esa noche, que abrigado con una chumpa del Cristóbal nos acaparaba la atención, impresionándonos con las historias de un periódico local donde escribía una columna deportiva y de cómo había logrado una colección única de primeras planas de prensa con tremendos horrores ortográficos -de allí que no mencionemos el nombre del rotativo-. Antonio era pues, como muchos de nosotros, un joven del interior del país que había venido a conquistar la capital de El Salvador.

Veinte años después, en el año 2004, en el mismo rotativo encuentro un tiro al plato realizado a su persona como candidato en firme para la presidencia de la República. ¿Cuándo fue la última vez que viajó en bus? “1985″ escribió como respuesta.

Las rutas 26 y 46 convergían misteriosamente por la Miralvalle, cruzando los límites de la ciudad en calles en parte pavimentadas y en parte hechas de polvo. La una subía el camino dando la impresión que bajaba, mostrando que en ese entonces como ahora las cosas estaban de cabeza. La otra bajaba pero dependía del horario porque a veces hacía lo contrario. Fue en esa época que aprendí a cómo discernir cuándo algo toma la calle que sube o simplemente viene de la que baja, tecnicismos salvadoreños propios de nuestra orografía abundantemente volcánica. La cuestión era que allí estaba yo, parado en medio del polvo y del resplandor del sol bajo una delgada lata que hacía de parada de buses cuando vi que se acercaba Antonio con su chumpa del Cristóbal y le pregunté ¿mira, aquí se toma el bus que baja al centro? y me contestó como hacen los que ya tienen algún rato de vivir en la capital, Vos como venís de San Miguel, donde solo andan en carretas, no lo sabés. Me lo dijo en broma suponía, por eso en la misma confianza le dije que así por lo menos, puesto que en Usulután a puro caite les tocaba a los pobres indios. Pero ya no fue necesario hablar más. La ruta 26 asomó su nariz desde la empolvada pendiente allá por el Caballo de Hierro y Antonio subió las gradas y caminó hacia dentro. Por cierto, yo me quedé esperando a que pasara alguien más para preguntarle, porque todavía no me quedaba claro cuál bus iba para el centro.

Un tiempo después de eso me regresé a mi población migueleña, allá no había más que dos rutas, la 88 y la 90, todas de la “Corintian’s Boys”, cuyos propietarios no daban lugar a dudas que eran originarios de Corinto y que además no se movían más que de norte a sur y de este a oeste y viceversa, nada más sencillo. Fue en San Miguel donde comencé a ver a Antonio en la televisión junto a Saade Torres y los demás señores del deporte. No supe más nada hasta mucho tiempo después que me encontré de nuevo en la capital con mi amiga Xiomi, jefe de medios de una agencia de publicidad y que me convidara unos regalitos que Antonio solía ofrecer para que al momento de elaborarse los planes de medios se le recordara con cariño y naturalmente se pautara en sus crecientes radios y Xiomi, para convencerme de la validez del pautaje me mostró los resultados de las casas encuestadoras, quienes también por cierto, hacían los sondeos los días que precisamente habían promociones para el oyente fiel de sus radios. En papeles todo sonaba muy bien y en sus radios, incluso en la Anep. La primera vez que escuché la Astral estaban tocando una clásica de Alberto Cortez, la canción me llegó en el momento justo.

En aquel tiro al plato del citado rotativo le preguntaron si se sentía afortunado de haber llegado tan lejos, Antonio respondió que él solo era un salvadoreño más pero que había comprendido los secretos de la vida, frase que todavía acuño por diversas razones. Una de ellas es que marcó una diferencia con su antecesor. Hacía tiempo que una empresa asesora mexicana que contratara Arena les había aconsejado que el perfil del presidente debiera ser alguien con apariencia común, un “Juan Pérez”, que resultó ser un Francisco Flores Pérez o Paco Flores y quien alguna vez dijera que quería pasar a la historia como el presidente que mejor conoció a los salvadoreños. A mí no me quedó ninguna duda de eso. Flores engañó a todo mundo y nadie se dio cuenta de ello, de verdad que nos conocía.

Y entonces llegamos a la situación de Antonio cuando presidente, simplemente dejó de serlo (Antonio) y se lanzó virtualmente a la búsqueda de convertirse en la imagen de un Tony Saca y con ello poner en evidencia una de las leyes que ahora, aceptada universalmente y si mal no la recuerdo cuarta Ley de Murphy, donde cada quien puede ser elevado hasta encontrar su perfecto grado de ineficiencia. Antonio, si eras bueno impresionando a los chicos de la colonia, hablando en la televisión y manejando tus radios ¿por qué quisiste ser presidente? Si, lo olvidaba, como muchos de nosotros, eras un joven del interior del país que había venido a conquistar la capital de El Salvador.

“Solo el hombre medio debe gobernar”, ya lo hemos dicho antes o más bien, ya lo citamos antes de un clásico pensador, pero ahora has demostrado a la población, que alguien venido de la clase media, sin una preparación total puede llegar a ser lo que quiera en medio de la democracia siendo una figura popular y rodearse de un grupo de amigos que le adulen o que le sean leales y dejar a un partido con una clase dominante que se siente molesta porque permitiste, según su forma de ver las cosas, que los criados se hayan subido a la mesa y sentirse dueños de casa. Como en el cuento del grajo, siempre conviene escoger a los amigos.

Cierto día, muchos años antes de todo esto, encontré a Antonio en una gasolinera ubicada a la salida de San Miguel, sin duda regresaba de visitar una de sus radios en el oriente del país y no obstante se piense otra cosa, creo haber reconocido en su saludo alegre, mientras esperaba el despacho desde la ventana de su auto, aquellas pláticas en el reparto Las Rosas.

El 1 de junio ya las cosas habrán cambiado, pero no todo, a Antonio la imagen de Tony Saca le acompañará siempre y con ella, el final de un capítulo de nuestra historia.

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