Confieso que desconfié

Héctor Estrada en Carburo clown

Héctor Estrada en Carburo clown

Blanca Rubio
redaccion@centroamerica21.com


Fueron muchas las ocasiones en que Héctor Estrada me invitó a ver sus obras de teatro: La maleta del burumbum y Carburo clown. Nunca pude ir, la mayoría de las veces las excusas fueron reales, pero en más de alguna fue por pura desconfianza, por prejuicio de ir a ver algo que muy probablemente no me gustaría. Asumía que saldría decepcionada  por varias razones,  básicamente por la inexperiencia de Héctor en la dirección.

No dudo que Héctor sospechara de la causa del rechazo a sus invitaciones, sutil pero vehementemente me hizo notar en varias conversaciones que no estaba improvisando, además de señalarme los detalles de su currículo, aunque él sabía que no me eran desconocidos, era mejor hacer evidentes algunos que se suelen obviar.

La experiencia de Héctor en los escenarios data de mediados de los 90, se inició como actor dirigido por Ciro Rivera en Comunicateatro, pasó luego a la Escuela Arte del Actor con Filánder Funes y por infinidad de talleres, que a falta de una escuela, es la manera usual en que los artistas del teatro educan su vocación en este país.  Su trayectoria como actor incluye 30 obras de teatro y más de mil presentaciones en escenarios nacionales e internacionales. Héctor tiene solo 34 años.

Actualmente es director de La Compañía de Ariel Zuria, fundada por él y con él como único miembro estable.  Le ahorraré al lector buscar en la historia del teatro el nombre de Ariel Zuria, no existe, es un alter ego de Estrada. Una manera de nombrar algo sin escandalizar a nadie, supongo que muchos habrían reaccionado así si el nombre fuera La Compañía de Héctor Estrada. Con cuatro obras en repertorio La Compañía ha realizado más de doscientas presentaciones, casi todas en circuitos underground; no es usual encontrar las obras de Estrada en las carteleras tradicionales de teatro, que aunque no son muchas dotan a sus protagonistas de cierto reconocimiento y abonan créditos a su trayectoria.  Sospecho que mi desconfianza es compartida, muchas oportunidades le han sido negadas por las mismas razones por las que yo no había ido a ver sus obras.

Después de muchísimas negativas, por fin vi dos de sus obras. La primera fue Carburo clown, presentada en la Muestra de Teatro ARTTES en el Teatro Luis Poma.

Tres actores, un poco mimos, un poco clowns, un poco de todo tenían al público de carcajada en carcajada. Pero el mérito de la obra no es solo eso, sino su sencillez, su falta de pretensión y la aceptación del juego y la diversión como reglas del espectáculo. Para un director, que da sus primeros pasos la sencillez es un mérito, el impulso suele hacer justamente lo contrario y de ahí al fracaso no hay distancia. Carburo clown divierte y como ya sentenció el escritor Ricardo Lindo, la obra tiene poesía.

Un par de semanas después fui al estreno de Caperucita Lola en la Pequeña Sala del Teatro Nacional como parte de la programación de Escena 08. Tuve que esperar más de una hora, aunque llegué a tiempo las 89 butacas y la alfombra de la salita estaban abarrotadas. El grupo accedió a hacer una presentación adicional porque en la calle del teatro un centenar de personas, entre ellas yo, no habíamos logrado entrar.

Caperucita Lola es ligera y divertida. Un lobo, una caperucita Emo, un monstruo peludo y una abuela cuentan una versión poco ortodoxa del cuento infantil la Caperucita Roja. La obra seduce, gusta y como en Carburo Clown permite que el público se relaje ante la sencillez de lo que tiene enfrente.

El lobo interpretado por José Carlos Ramos es simplemente exquisito, un pequeño banquete de gestualidad y expresión corporal. Omar Renderos muestra su oficio en el monstruo peludo y la abuela, en el primero envuelto en diez libras de peluche y en el segundo con una máscara que le oculta totalmente el rostro, y sin embargo ambos tienen personalidad propia. La Caperucita Lola es interpretada por Edith Elizondo, que con un par de talleres de actuación como experiencia, enfrenta bien el reto y además deja ver con más evidencia la mano de Estrada en la dirección de actores.

Tanto Carburo clown como Caperucita Lola son dos pasos sólidos en la naciente carrera de director de Héctor Estrada; la sencillez y un estilo personal que empieza a esbozarse en sus puestas en escena son sus mayores fortalezas. Deberá enfrentar retos mayores, y ya los tiene cerca, en enero estrenará El corazón delator de Edgar Alan Poe, veremos qué pasa. Por ahora confieso que me sorprendí.

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