Escrito por Juan Carlos Aparicio
Lujosas camionetas ondeando banderas del FMLN, editorialistas conservadores haciendo guiños al presidente electo, noticieros de televisión cubriendo la “Funesmanía”, incluso en Washington, el portavoz adjunto del Departamento de Estado, Robert Wood, manifestando que “esto es algo que quisiéramos ver en todo el continente… estamos deseando trabajar con el nuevo gobierno de El Salvador”, no dejan espacio para seguir esquivando lo obvio: El Salvador ha cambiado porque el mundo está cambiando.
La raíz del cambio reside en la voluntad de vencer la inercia y de correr riesgos. Aquí se le llamó vencer al miedo.
El miedo reside en toda ignorancia, hacia el futuro, hacia lo desconocido, a lo que nos aleja de nuestros elaborados hedonismos y en general de nuestra zona de conformismo inerte que produce inamovilidad.
Todo cambia por naturaleza y todo cambio es natural, incluso necesario.
El Salvador es un colectivo que avanza históricamente por la única ruta de escape que le permitió precisamente el mismo inmovilismo de la derecha.
Veamos: Decía el Maestro de la Guerra que si el terreno tiene salidas es accesible, permite la distensión y evita el desgaste. Si se cierran las salidas, la lucha es a muerte. En términos de ideologías lo primero se traduce como pluralismo, respeto y tolerancia. Lo segundo se produce a consecuencia del monopolio ideológico expresado en lo mediático, la descalificación anticipada del contrario y el patrimonialismo sistemático.
Dicho en otras palabras, Arena fue víctima de sí misma y fue vencida en su cancha y con sus propias reglas.
Su recuperación necesaria deberá pasar entonces por el mismo proceso que le ha abatido: la necesidad del cambio. En este sentido, los salvadoreños los han dejado atrás.
Pero más allá de derechas e izquierdas o de etiquetas políticas, es evidente que la población exige resultados y ya no le importa la marca, siempre que la respuesta se cumpla.
En relación a la elección presidencial del 2004, el FMLN ha crecido en alrededor de medio millón de votos. No obstante, en el contexto de los recientes resultados preliminares de ambos partidos contendientes, aquí la contundencia se pierde, fueron casi setenta mil votos de diferencia, para marcar el dos punto cinco por ciento de distancia, prácticamente el margen de error que suelen señalar las encuestas. No en balde en las mismas el resultado se preveía apretado.
La verdadera dimensión de esto es que, si vemos al cuerpo del electorado salvadoreño como un organismo vivo y complejo, significa que en términos generales políticamente representa apenas un paso o si se quiere, un medio paso hacia adelante, creo que hasta tímido, pero seguro hacia el futuro.
Arena fue víctima de sí misma y fue vencida en su cancha y con sus propias reglas.
Dicho de forma anecdótica. Ningún padre maduro le diría a su pequeño que da su primer paso “hijo mío camina, que el mundo te espera lleno de placer y abundancia”. Por el contrario, prudentemente le dirá “muy bien hijo, la vida te presentará muchas dificultades, pero este es el modo de resolverlas, siempre un paso a la vez”.
Paso a paso. Como todo en la vida. Así se construyen los caminos, se vuelven necesarios los puentes, llegan los entendimientos.
El presidente electo ha hecho patente que ha entendido este mensaje. Nada de saltos al vacío, correrías vertiginosas o la promesa de grandes pasos. Solo moderación, prudencia y tacto. Sin duda, estos serán los años de prueba de la madurez política de nuestros partidos y de su capacidad de evolucionar, esto es, de adaptarse a las nuevas circunstancias y de paso, permitirle al país la gobernabilidad que necesita. Esta es la verdadera esperanza. Y para comenzarla, ya se dio el primer paso.
Muy bien por El Salvador.
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N.:B.: Al final, solo me queda una duda. Este es el problema de los pasos en corto. Y es que siempre existe el riesgo de resbalarse.
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